De todas las formas de juego de azar existentes, la lotería es, en términos de probabilidades, la peor. Sin embargo, en todo el planeta, la gente sigue jugando a distintas loterías. ¿Por qué sucede esto? El motivo es claro: a pesar de las bajas probabilidades, el premio es tan grande, que nadie puede resistir la tentación de pensar: “¿por qué no a mí?”. Es decir: cada tanto sabemos de alguien que ha ganado loterías multimillonarias como euromillones, por ejemplo. Esto significa que alguien gana.
Más allá de las probabilidades reales, hay toda una industria alrededor de la lotería, generando (o prometiendo) métodos infalibles para ganar. Obviamente, ninguno de estos métodos funciona, y la ventaja de la casa, en la lotería, sigue siendo imbatible.
No obstante todo lo dicho, hay casos en los que la lotería puede ser una buena apuesta. La razón es sencilla: hay semanas enteras en las que nadie gana, y el premio pasa, entonces, a la semana siguiente. El pozo se hace, así, cada vez más grande. Y la mecánica sigue siendo esta, hasta que alguien gana.
La realidad es que la lotería no es imposible de ganar, lo que es estadísticamente difícil es tener justo la combinación ganadora. De hecho, cuando nadie gana, es porque nadie jugó esa combinación (que tiene exactamente las mismas probabilidades que todas las demás). Esto quedó demostrado en el año 1992, cuando un grupo de 2500 personas jugó más de 5 millones de los 7 millones de combinaciones posibles de la Lotería Australiana, y ganaron el jackpot.
Para la inmensa mayoría de jugadores de lotería, hacer esto es imposible. Pero nos muestra un modo inteligente de encarar este juego y volcar las probabilidades a nuestro favor. Como individuos, modestamente, sólo podemos hacer unas pocas cosas para mejorar nuestras probabilidades: sólo jugar cuando hay un bote acumulado (para gastar menos dinero), no jugar las combinaciones que más juega la gente (como, sorprendentemente, 1-2-3-4-5-6…), o jugar a las loterías a las que juega menos gente: el premio es menor, pero las probabilidades mayores.
